Esta mañana en la Misa Central en la festividad de San Blas, patrono de Ciudad del Este, Mons. Pedro Collar, Obispo de la Diócesis de Ciudad del Este transformó la catedral en un espacio de reflexión crítica y llamado a la acción. Ante los presentes, el prelado no evitó nombrar los problemas más espinosos de la región: extorsión a turistas, hacinamiento carcelario, abandono de pueblos indígenas y corrupción sistémica. Concelebraron Mons. Guillermo Steckling, Obispo Emérito, sacerdotes y diáconos de la diócesis.
«La corrupción un pecado que roba al pobre»
Sin rodeos diplomáticos, Monseñor Collar estableció una conexión directa entre fe y responsabilidad social. «Denunciar la corrupción no es una acción política más: es un acto de fe», declaró ante la congregación. El obispo calificó la corrupción como un pecado que «roba al pobre, degrada las instituciones y desgarra el tejido social».
El mensaje fue claro: la indiferencia no es una opción para quien profesa seguir a Cristo. «La fe que no se convierte en servicio al Bien Común, se queda a mitad de camino», enfatizó el prelado.
«Tengamos muy presente la situación de nuestros hermanos indígenas que gritan ser atendidos, de los presidiarios hacinados en las cárceles que claman dignidad, los migrantes que merecen hospitalidad y los turistas víctimas de extorsiones»
Los rostros del problema
Visitantes de Ciudad del Este están siendo víctimas de abusos y tratos indignos que dañan la reputación de la región.
Crisis carcelaria
Hacinamiento de hombres y mujeres en condiciones que violan su dignidad humana fundamental.
Pueblos indígenas
Comunidades originarias «gritan ser atendidas» mientras las autoridades permanecen ausentes.
Corrupción sistémica
Recursos destinados a hospitales, escuelas y servicios públicos que no llegan a su destino.
Migrantes desatendidos
Personas que cruzan la frontera sin recibir la hospitalidad y el trato digno que merecen.
Del templo a las calles
Monseñor Collar rechazó la idea de una Iglesia encerrada en sus muros. Citando el ejemplo de San Blas, quien «no vivió una fe encerrada» sino que hizo de su vida «un Evangelio en salida», el obispo convocó a una comunidad que se entrega.
El prelado fue específico sobre qué significa esa entrega: involucrarse en consejos escolares, comisiones vecinales, organizaciones comunitarias. «Exigir transparencia, rendición de cuentas y honestidad, para que los recursos para hospitales, escuelas y servicios públicos lleguen realmente a quienes más los necesitan».
«Una comunidad que se queda dentro de sus muros pierde fuerza; una comunidad que sale a las calles, a los barrios y a la vida real se convierte en luz y sal para el mundo».
Un desafío para cada persona
El obispo no se limitó a diagnosticar problemas sociales. Lanzó preguntas directas a cada fiel: «¿Qué significa para ti la misión que Jesús te confía? ¿Cómo la estás viviendo? ¿A qué te comprometes hoy, aquí, delante de Dios y de esta comunidad?»
Para los jóvenes, el mensaje fue particularmente contundente. Collar los instó a usar las redes sociales con autenticidad: «No se trata de ‘copiar y pegar’ mensajes religiosos, sino de que cada palabra que compartimos refleje nuestra vida en Cristo y nuestro compromiso con los demás».
También advirtió sobre los peligros del alcohol, las drogas y la cultura de la gratificación inmediata, llamándolos a aprender «el lenguaje de la ternura, la compasión y el diálogo» frente al ruido mediático y la grosería.
«El milagro no nace del cálculo, ni de la lógica del mercado. El milagro nace de la confianza, de la solidaridad y del compartir»