Hoy, con el Miércoles de Ceniza, la Iglesia Católica inicia el tiempo litúrgico de la Cuaresma. Durante los siguientes cuarenta días, a través de la vivencia del ayuno, la oración y la limosna, los fieles se preparan para la Semana Santa, momento en que la Iglesia se vuelca totalmente a contemplar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.
En la Cuaresma, los fieles son invitados a la conversión personal, esto es, a incrementar sus esfuerzos por transformar la mente y el corazón según Cristo. La Iglesia exhorta a vivir ese espíritu de forma explícita, desde el primer día, en la liturgia del Miércoles de Ceniza. El celebrante ha de imprimir con ceniza la señal de la cruz en la frente de cada uno de los fieles, mientras dice: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Asimismo, con la expresión «acuérdate que eres polvo y al polvo volverás» (Gen 3, 19) -la otra fórmula que se utiliza durante la imposición de las cenizas- se pretende hacer memoria de la caducidad y fragilidad de la vida humana, cuyo destino inevitable es la muerte.
En ese gran contexto, es importante tener presente que la conversión personal es un llamado a una vida más plena. El Papa León XIV nos dice en el mensaje para la Cuaresma de este año 2026: “El itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.” (Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 13-02-2026).
Un poco de historia: cenizas y penitencia
En los primeros siglos de la Iglesia, los fieles iniciaban la Cuaresma con una penitencia pública, hecha durante el primer día, en el que eran salpicados de cenizas, se vestían con un sayal y en muchos casos estaban obligados a mantenerse apartados de la comunidad hasta que se reconciliaran con Dios durante el Jueves Santo. Las cenizas eran parte de una simbología muy potente: caducidad, fragilidad, muerte y pecado.
Cuando estas prácticas cayeron en desuso entre los siglos VIII y X, el uso de las cenizas sobrevivió pero en el contexto de la liturgia. Se comenzaron a colocar en la frente o sobre la cabeza de los miembros de la congregación. Eran la marca del penitente.
En tiempos más recientes, la liturgia ordena que sea el sacerdote celebrante quien imprima o marque las frentes de todos los fieles con la señal de la cruz. Para ello emplea no cualquier ceniza, sino la obtenida al quemar las hojas de olivo y las palmas que fueron usadas el Domingo de Ramos del año anterior, con lo que se refuerza aún más el sentido penitencial.